En busca de Garcilaso

Recuerdo cuando leí el artículo sobre la tumba de Garcilaso de la Vega que Bécquer publicó en La ilustración de Madrid el 27 de febrero de 1870. Era mi primera noche en Toledo y pretendía empezar a conocer la ciudad a través del escritor sevillano. Al terminar de leerlo, me sorprendió que no se me hubiese ocurrido preguntar por ella y decidí que al día siguiente jugaría a ser un Indiana Jones descafeinado, siguiendo los consejos del más famoso de nuestros escritores románticos: <<para ver Toledo y sentirlo y sorprender esos cuadros que nos impresionan por su novedad o belleza, vale más discurrir solo y sin rumbo fijo por sus calles, a lo que la casualidad ofrezca>>.

Así, con la alegría del sol de septiembre, recorrí Toledo hasta encontrar San Pedro Mártir, antiguo Convento e Iglesia, felizmente reconvertido en facultad de la Universidad de Castilla-La Mancha. En ella me adentré como si fuera un estudiante más, a la espera de cualquier signo que me revelara la tumba del poeta. Y entre pasillos y escaleras descubrí restos romanos, una extraordinaria biblioteca con reminiscencias de refectorio y la efervescencia sana de la vida académica; pero ninguna tumba. Derrotado, me acerque en el vestíbulo a un chico que parecía trabajar en la Universidad y le expliqué lo que buscaba. El joven levantó las cejas con sorpresa alegre:

 – A nadie se le puede negar un propósito así – me dijo con amabilidad antes de prometerme que si volvía a la una del día siguiente podría enseñarme la tumba, que estaba en el interior de la iglesia desacralizada que se utiliza para actos especiales y que, coincidiendo con uno, podría pasar.

Llegué puntual y el joven me condujo a la antigua iglesia. Recorrí con timidez las naves entre el murmullo lejano de los platos y copas de la comida institucional que se celebraba en un rincón. Y a la derecha, no muy lejos del altar, descubrí la tumba del hombre que con mayor éxito introdujo al castellano la estrofa poética más famosa: el soneto; la tumba del toledano más universal, cuyos versos se estudian quinientos años después a miles de kilómetros de donde fueron escritos. Allí recordé una de sus églogas como quien siente que cumple una profecía: “Vosotros, los del Tajo, en su ribera/cantaréis la mi muerte cada día”.

Más tarde supe lo ajetreado que había sido el reposo del poeta. Garcilaso fue enterrado en 1536 en Niza, donde murió. Su cuerpo se exhumó para recibir nuevo sepelio en la Iglesia de San Pedro Mártir en 1538. Como recuerdan Ángel Santos y Pedro Vaquero, sus cenizas se trasladaron de nuevo en 1869, esta vez a Madrid, con el fin de incluirlas en el panteón de españoles ilustres que se había proyectado y que nunca llegó a existir. Tras seis años en San Francisco el Grande, fueron devueltas a Toledo. Allí, los restos permanecieron en la Casa Consistorial durante veinticinco años, hasta que el 17 de agosto de 1900, en ceremonia solemne, volvieron a la iglesia toledana que le acogió por primera vez.

Y allí descansa por fin tranquilo. A lo mejor demasiado. Por eso quizá sea buena idea poner en valor su tumba; hacerla más accesible a todos los que quieran rendirle homenaje y celebrar el lugar donde descansa uno de los hijos más famosos “de aquella ilustre y clara pesadumbre/d’antiguos edificios adornada”.

Con cordialidad dirijo esta propuesta a la autoridad que corresponda, para cuando sea posible.

J.R.A.

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