“Suzanne”, de Noemí Tujillo. Una reflexión sobre la culpa.

 

Suzanne

Noemí Trujillo

Ediciones Turpial

2016

229 páginas

 

A pocos días de su boda, Susana, una exitosa fotógrafa barcelonesa, descubre que su vida ha llegado a un punto equivocado. No quiere establecerse en Madrid con su novio Tomás y siente que necesita seguir viajando por el mundo y que su hogar no puede estar más que en Barcelona. Este es, de un modo muy esquemático, el conflicto básico que sustenta la trama de Suzanne, la primera novela de Noemí Trujillo (Barcelona, 1976).

Autora de seis poemarios, de una obra infantil, otra juvenil, y habiendo sido galardonada recientemente con el Premio de Teatro Breve Miguel Hernández, la escritora catalana constata en esta novela su extraordinaria versatilidad. Efectivamente, al leer Suzanne lo primero que llama la atención es la fluidez de una narración en la que los rasgos poéticos encajan a la perfección con el ritmo de la novela. Pueden encontrarse pasajes que podrían ser también un poema, como cuando Tomás piensa en la muerte:

La muerte es injusta, cabrona y maldita, se lleva a la gente que quieres, te la arrebata sin pedir permiso, se la lleva a un lugar extraño del que nadie sabe nada”

Estas líneas tienen ritmo poético y cuentan con ese misterio mágico, ese descubrimiento que es el alma de la poesía y que aquí reside en el hermoso hallazgo, por su sencillez, de lugar extraño del que nadie sabe nada. Quizá sea esta una de las ocasiones en la que se revela la Noemí poeta con más claridad. Otro pasaje de esta naturaleza es el recuerdo de Tomás del viaje que hizo con Susana a Marrakech:

“…el amor necesita malabaristas, músicos, faquires, encantadores de serpientes y juglares; el amor necesita sensaciones, sonidos, colores, y todo eso estaba allí, en aquella plaza, la plaza Yamaa el Fna, la plaza que recorrí con ojos de niño asustado mientras le daba la mano a Susana y soñaba con no marcharme de allí nunca”.

Pero Noemí va más allá del terreno que mejor conoce – o del que mejor conocemos de ella – y basta leer el inicio de la novela, con una primera fase enigmática y bien elegida, para descubrir sus cualidades de narradora, que también se expresan en una inteligente utilización de los recursos técnicos. En primer lugar, se combinan los capítulos de narración pura, quizá los más envolventes y logrados y que llegan más al lector, con otros en los que la presencia de un diálogo ágil y bien construido es casi total. En segundo lugar, la utilización de los puntos de vista muestra una gran habilidad: mientras la primera parte – en la que el lector se aproxima al conflicto – se utiliza la tercera persona, en la segunda parte – dedicada al nudo de la trama – se elige una primera persona más próxima que confiere intensidad para después, en la tercera parte, la del desenlace, volver a la tercera persona para dar al lector una objetividad más clara, como si contemplara todo a vista de pájaro. Finalmente, la cuarta parte es un descubrimiento ingenioso, un álbum de fotos de los protagonistas muy evocador.

Hay otro detalle de extraordinaria agudeza: el momento en el que Tomás le dice a Susana que pueden cancelar su boda, así como todo lo que sucede en ese capítulo fundamental de la novela. No solo por el sorprendente giro de la narración, sino también por la veracidad que demuestra este pasaje. Asistimos durante páginas al conflicto interior de los personajes frente aquello que saben o intuyen y que desconocen cómo resolver y, de pronto, quizá en el momento más inadecuado, en aquel en el que nunca se hubiesen atrevido a desnudar su alma, cuando jamás lo hubiesen imaginado, se enfrentan a lo que les tortura. Es un momento de la novela que parece deslizarse con suavidad y que el lector siente que encaja a la perfección, quizá porque así es como sucedería en la vida real.

Sin embargo, quizá lo que más me ha gustado de Suzanne es su mensaje, su contenido, el espíritu de lo que Noemí nos cuenta. Nos encontramos ante una novela sobre la redención, sobre el perdón, en definitiva, sobre el poder del amor, no solo el amor pasional, sino el amor entre seres humanos:

“Tomás sintió que estaba muerto y había revivido, que el azul del cuadro le había ayudado a comprender la verdad. (…), y Tomás creyó en Dios como nunca antes había creído en su vida, creyó en Dios y en la misericordia y en la bondad como camino hacia el amor, como el único y verdadero camino hacia el amor. Qué importancia tenía que Susana se hubiera equivocado si se arrepentía, si quería rectificar…”

Susana y Tomás se han hecho daño el uno al otro y a ellos mismos; han actuado de un modo que, atendiendo tan solo al hecho objetivo, reprobaría la sociedad. Pero la lección de Suzanne quizá es que en la vida las acciones no acontecen aisladas de otras, ni ajenas a sentimientos y emociones complejas, que no se puede juzgar tan solo por lo que se ve, que los errores pueden ser perdonados si, al final, los sentimientos más puros no se pervierten. Con mucha sencillez y claridad, Noemí nos da una lección sobre la verdadera esencia de la bondad humana.

Quizá hay quien puede atacar un valor importante de la novela que acabo de mencionar: la claridad. Es cierto que la autora no juega al engaño con el lector. Suzanne es una novela sin trucos. No obstante, no considero que esto sea un defecto. La literatura es el arte de lo concreto y un arte en el que todo es posible y puede ser bueno o malo según cómo se haga. Noemí se arma de frases sugerentes, detalles a veces evocadores y otras veces muy precisos, imágenes nuevas e imaginativas. Su novela es sólida en cuanto al tema que trata, en cuanto a las referencias culturales de las que se sirve. Resulta original en diferentes aspectos: el proyecto artístico de Susana, la decisión de ambientar pasajes en Villaviciosa de Odón, o su aproximación al debate político sobre Cataluña. Sí, no es una novela que rete al lector a desentrañar un mensaje, pero – y esto sea quizá lo más importante y difícil de conseguir en una obra artística que decida tomar ese camino – le desafía a reflexionar sobre ese mensaje.

Suzanne es una hermosa novela sobre el perdón y la misericordia, sobre la capacidad de enfrentarnos a lo que sentimos de verdad. Sobre la reinvención de un mismo. Es una novela repleta de humanidad.

Espero que Noemí tenga mucho más que contarnos. Será, sin duda, una buena noticia.

Cesare Alcayna

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