Knole es una inmensa mansión del siglo XV situada en el condado inglés de Kent. En sus extensos jardines pueden encontrarse ciervos con facilidad y en su interior se guarda memoria de gran parte de la historia de Inglaterra. Paseando por sus amplias habitaciones pueden encontrarse retratos de Isabel I y de Philip Sidney y obras de Reynolds o Anton van Dyck (de quien puede verse un curioso retrato de Sofonisba Anguissola en su vejez, pintado por él).
Es un lugar que sobrecoge por su belleza y singularidad. Cualquiera que lo haya visitado no tarda en reconocerlo en el Chevron de «Los eduardianos» (1930), la novela más famosa de Vita Sackville-West. Las referencias son explícitas: se nos describe un escudo con un leopardo, se nos habla de que Sebastian -el personaje principal – vive en la torre; y quien haya subido a esta torre alguna vez reconocerá la panorámica que en la novela se describe.
«Los eduardianos» fue publicada por Virginia y Leonard Woolf en su Hogarth Press. Cabe recordar que aunque hoy quizá Vita Sackville-West es conocida principalmente por su relación con Virginia Woolf, cuando ambas se conocieron en una fiesta de disfraces en 1922, Vita era en ese momento una escritora mucho más famosa. La genial Virginia, autora de una de las obras literarias más importantes del siglo XX, en ese momento solo había publicado «Fin de viaje» y «Noche y día»; y sería en ese 1922 cuando saldría a la luz «La habitación de Jacob», novela con la que empezó a vislumbrar esa voz propia que la llevaría al lugar tan destacado que ocupa hoy en la historia de la literatura. Por su parte, Vita, sería galardonada en 1926 por su poema «The Land» con el prestigioso Hawthornden Prize, y llegaría a ser considerada para ser nombrada poeta laureada en 1948, sin llegar a serlo.

«Los eduardianos» es sobre todo una novela sobre un mundo perdido, y para Vita Sackville-West el mejor símbolo de ese mundo sobre el que escribe es Knole (disfrazada de Chevron), la mansión en la que creció y que tanto amó y que le fue negada pese a ser la única hija de Lionel Sackville-West, tercer barón de Sackville-West. Allí vivió junto con sus padres, y ella tendría que haber sido la heredera natural de la propiedad. Pero las leyes de la época impidieron, por su condición de mujer, que heredara Knole, la cual pasó a pertenecer a su tío. Con los años, Vita sería dueña de Sissinghurst Castle, también en Kent; y viviría lo suficiente para ver como Knole, tras la Segunda Guerra Mundial, pasaba a manos del National Trust.
La conocida como época eduardiana comprende los años de 1901 (momento del ascenso al trono de Eduardo VII, hijo de la Reina Victoria) y 1914 (inicio de la Primera Guerra Mundial). Son años de grandes transformaciones sociales en Inglaterra en los que esa forma de vida tan bien descrita en series como Dowton Abbey empieza a desvanecerse, viviendo aún un esplendor que, de algún modo, se sabe que se agota.

En la novela, Vita Sackville-West es minuciosa en la descripción de la vida aristocrática: sus normas sociales, su ética y valores, la ceremonia que los rodea. Pero en la novela también hay espacio para los sirvientes y una pujante clase media, personificada en los personajes de Anquetil o Teresa. Cualquiera que haya disfrutado con la serie mencionada más arriba, o con obras como «Retorno a Brideshead» o películas como «Lo que queda del día», leerá esta novela con gusto. Y el lector podrá sentirse privilegiado porque es una auténtica aristócrata de la época, la propia Vita Sackville-West, quien comparte el mundo al que perteneció.
Pero más allá de lo pintoresco de aquella sociedad, «Los eduardianos» es sobre todo un retrato afectivo, incluso psicológico, de aquella época que la autora tan bien conoció. La relación ambivalente de Lucy con su criada, en el que la confianza nunca puede ser amistad y la admiración se mezcla con el resentimiento; el extrañamiento inicial de Anquetil por la vida de una clase alta que desprecia al mismo tiempo que idealiza; los prejuicios sociales: quienes sucumben a ellos, como la hija de Sylvia, y los que tienen el valor de desafiarlos, como Viola. La novela refleja todo el aparato de aquella forma de vida que oprimía de un modo u otro todo lo que tocaba. Es esto de lo que nos habla Vita. Del peso del destino. Todos los personajes están atrapados en su condición social y en las normas que, por ocupar un lugar u otro, se le imponen. Algunos luchan y vencen, otros sucumben sin atreverse a desafiar la suerte que les ha tocado, otros ni siquiera son conscientes de la mano invisible que los guía. Es Sebastian, el joven heredero de Chevron, en quien más se centra la novela. Perdido en una vida que, pese a sus muchos privilegios, no puede controlar, y en la que solo Chevron y la búsqueda del amor parecen hacerle la existencia soportable. Él mismo es ejemplo de todas las contradicciones que Vita describe, y, como todos los demás, vive encerrado en una jaula que, primero no ve, y, después, tendrá que aprender a abandonar.
La técnica de la novela es especial. En ella todo se describe con minuciosidad. Vita no muestra, cuenta todo con detalle, pero la virtud de su estilo es la agudeza de las reflexiones a las que invita, la forma en la que desnuda las sensaciones de sus personajes y los enfrenta a sí mismos. Es llamativo cómo Sylvia es durante muchas páginas el punto de vista de la novela, la referencia desde la que todo avanza; para volver a ser Sebastian de nuevo el eje de la narración; y siempre Chevron, de un modo u otro, ocupando su lugar destacado. La novela pasa de unos personajes a otros sin perder su unidad. Al final, el lector tiene la sensación de que la intención de Vita no era tanto contar una historia como describir minuciosamente una época, la de «Los eduardianos» que dan título a su novela. De hecho, al final de la novela, cuando ya se ha expresado casi todo, el tiempo narrativo se condensa, y la última relación amorosa de Sebastian se cuenta con mucho menor detenimiento que las anteriores, pese a que emocionalmente en el personaje tiene un peso destacado. También se aprecia el carácter instrumental aunque importante del personaje Anquetil, que desaparece pronto para volver a surgir al final, resolviendo su presencia en la novela con algunos aspectos no del todo construidos en el transcurso de la historia.

Por otro lado, cabe destacar que Vita consigue escenas de gran belleza, especialmente el baile de Sebastian y Teresa, la noche de Navidad. Asimismo, en un texto casi sin diálogos, la lectura es ágil y fluida; y la prosa efectiva y muy elegante. No en vano, «Los eduardianos» fue un enorme éxito comercial, llegando a vender 800 ejemplares al día.
Me sorprende mucho que no exista una adaptación cinematográfica de «Los eduardianos», una novela sobre cómo estar atento a la vida para enfrentarse al camino que la sociedad, con su inercia, parece reservar.
Cesare Pría
Imagen destacada: Interior de Knole.