Retorno a Brideshead. Nostalgia aristocrática.

Llegué a Brideshead a través del cine, con la película de Julian Jarrold que vi con mi mujer, antes de casarnos, en el año 2008. La película, de una factura extraordinaria, contaba con una absorbente banda sonora de Adrian Johnston, y la hipnótica mirada de Matthew Goode envolviéndolo todo. Nos causó una impresión muy satisfactoria y decidimos acercarnos a la serie de los ochenta protagonizada por Jeremy Irons la cual, pese a su innegable calidad, nos pareció que había envejecido mal, sobre todo en la forma de tratar la relación entre Charles Ryder y Sebastian Flyte.

Leer la novela en la que se basaba tanto la película como la serie era algo que siempre me rondaba la cabeza, porque me intrigaba descubrir qué era lo que contenía esa historia que desde su publicación y en sus sucesivas adaptaciones ha despertado bastante interés. Lo he hecho por fin este verano, en lo que para mí ha supuesto cerrar una especie de ciclo, y ha merecido la pena.

Retorno a Brideshead (Evelyn Waugh, 1945) es una novela embriagadora porque, a través del personaje de Charles Ryder, el lector parece caminar todo el tiempo sobre un terreno asaltado por una normalidad extraña. La presunta solemnidad del mundo  universitario del Oxford de entreguerras se ve superado por un personaje maravillosamente extravagante como Sebastian Flyte, un joven rico que va acompañado de un oso de peluche al que trata como si estuviera vivo, mientras firma las cartas señalando “me pregunto qué fecha será”, y al cual le rodea un misterio en relación con su familia que él mismo alimenta. Son estos detalles, como el del oso de peluche, los que engrandecen la novela y le otorgan un estilo propio: el carácter complejo e irracional del padre de Charles Ryder, la afición de Brideshead -hombre adusto y recto, pretendido ejemplo de las virtudes del aristócrata- por el coleccionismo de cajas de cerillas, la actitud simplista de Rex de cara a su conversión al catolicismo, el deseo del padre de Sebastian y Julia Flyte de pasar sus últimos días en un incómodo salón chino en el que hace que le instalen la cama… Son pequeñas exageraciones, actitudes irracionales, cómicas si otro fuera el contexto de la novela, que dotan a Retorno a Brideshead de mucha singularidad.

A esto se une las sombras en las que gravita todo el tiempo la relación entre Charles y Sebastian. Se dirá que es una amistad romántica, de las que existían en la alta sociedad británica hasta bien entrado el siglo XX, se hablará de cariño, de amor, se negará la homosexualidad sin parecer que se hace del todo en serio. Este es uno de los desafíos claves del lector al aproximarse a esta novela. “Sebastian fue el precursor”, reconocerá Charles Ryder; el rito iniciático, el que le abrió los ojos al mundo de los sentidos, al arte, a la belleza, a otra forma de vivir. Un amor, por lo tanto, sutil y profundo, distinto, espiritual. Esto se expone de distintas maneras, de un modo hermoso:

“En consecuencia, aquel trimestre de verano junto a Sebastian, era como si me hubiera sido otorgado un breve periodo de lo que nunca había conocido: una infancia feliz. Y aunque nuestros juguetes fueran camisas de seda, licores y cigarrillos, y nuestras travesuras figurasen en los primeros puestos de la lista de pecados graves, en todo lo que hacíamos había cierta frescura infantil que no distaba mucho de la alegría de la inocencia”.

Charles para Sebastian era algo propio, auténtico, completamente suyo, al menos un tiempo:

“…yo ya no formaba parte de su soledad. A medida que crecía mi intimidad con su familia, me convertí en parte del mundo del que anhelaba escapar”.

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Ben Whishaw como Sebastian Flyte y Matthew Goode como Charles Ryder en “Brideshead Revisited” de Julian Jarrold (2008)

Las relaciones familiares están presentes en toda la novela. Charles y su padre, Sebastian y Julia con su familia; distintos matrimonios y distintas solterías y el encaje de unos y otros en la familia común, la influencia de la opinión generalizada dentro de ella, la indiferencia hacia los hijos, el amor y el rechazo mezclado, ambiguo. Todo elementos que Waugh utiliza para mostrar la extraordinaria complejidad afectiva que nos acompaña a las personas como seres sociales que somos.

Asimismo, Evelyn Waugh demuestra ser un gran constructor de personajes. Es fácil para el lector reconocer la personalidad de Julia Flyte, de Cordelia, del Padre Mackay, de Celia. Ya sean personajes principales o secundarios, incluso con pocas pinceladas, se crea un retrato psicológico muy completo que permite que los personajes sean muy vivos.

También en Retorno a Brideshead hay diálogos muy audaces, con un peso muy claro en la narración, con mucha importancia e interés, ágiles y atractivos. Otros, no tan determinantes, también enriquecen mucho la novela, como cuando Charles Ryder invita a un amigo a su casa y su padre actúa como si este amigo de su hijo fuese norteamericano, aunque en realidad viviese algunas calles más allá. “Qué amable haber venido de tan lejos”, empezará diciéndole. Destaca también el juego con lo que no se dice, la recreación de pensamientos fugaces de los que no se habla, pero que suceden a menudo en la novela y en la vida real. Destaca el momento en el que, en medio de la tensión por el alcoholismo de Sebastian, Rex regala a Julia una tortuga:

“Era una pequeña tortuga viva, con las iniciales de Julia montadas en diamantes sobre el caparazón, y aquel objeto ligeramente obsceno (que resbalaba impotente en el suelo encerado, caminaba a grandes pasos encima de la mesa de juego, avanzaba torpemente sobre una alfombra, se encogía al tacto, estiraba el cuello y meneaba la cabeza arrugada y antediluviana) se convirtió en parte memorable de la velada, uno de esos detalles vitales que atraen la atención cuando están en juego asuntos más graves”

Evelyn Waugh tiene un estilo elegante pero práctico, directo, con destellos poéticos, como en esta descripción de Julia:

“Tal era la criatura, ni niña ni mujer, que me guió a través del crepúsculo aquella tarde de verano, libre de los pesares del amor, asombrada del poder de su propia belleza, vacilando sobre el borde fresco de la vida; alguien que se descubre de repente armado; la heroína de un cuento de hadas que juega con el anillo mágico al que basta acariciar con la punta de los dedos y susurrar la palabra encantada para que la tierra se abra a los pies…”

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Hayley Atwell como Julia Flyte y Matthew Goode como Charles Ryder en “Brideshead Revisited” de Julian Jarrold (2008)

Sin embargo, es el ambiente aristocrático que recorre la novela lo que parece tener mayor poder de sugestión, lo que quizá sea la fuente del éxito tan duradero de la historia que cuenta Retorno a Brideshead, su mayor recurso poético. En efecto, la novela es un requiem por el mundo de la alta sociedad británica que empezó a languidecer con la Primera Guerra Mundial y que murió del todo con la Segunda. Es un llanto por el mundo de la efervescencia de las mansiones, las grandes familias, las cacerías, el gran tour, los criados a cada paso, las ricas decoraciones, los paisajes delicados… Un mundo sentenciado cuando Evelyn Waugh escribió la novela y en el que el autor parece solazarse en él con la nostalgia de quien observa un ideal desde la lejanía. Por eso utiliza a Charles Ryder, que no pertenece a ese mundo, y nos expone cómo le absorbe.

Aunque hay algo más. Un tema que, desde mi punto de vista, es el fundamental para el autor, que está presente en toda la novela y que determina su propia estructura y, sobre todo, su desenlace. Con Retorno a Brideshead Evelyn Waugh parece querer explicar su controvertida conversión al catolicismo, mostrar sus motivos, compartir lo que siente. La novela es, por tanto, también un intento de mostrar la fuerza que Evelyn Waugh veía en el catolicismo, su trascendencia, su efecto sobre las personas. Esto justifica cómo termina la novela y lo que Waugh escribe en los dos últimos párrafos, ya en el epílogo. Lo curioso de la novela, su extrañeza -una más- es que su tema fundamental, el que parece el motivo para haberla escrito, puede, en cierto modo, pasarse por alto, o decidir no prestarle tanta atención.

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En todo esto reside el éxito y la atracción que genera Retorno a Brideshead, una novela cuya singularidad radica en que parece tan normal como cualquier otra, pero en ella abundan los ositos de peluche llenos de vida, la extrañeza permanente.

Cesare Alcayna

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Nota: Los pasajes de la novela son de la edición de “Retorno a Brideshead” publicada por Tusquets Editores en 2008, con traducción de Caroline Phipps.

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