“La fábrica”, de Borja Campo Alange. La humanidad frente a sí misma.

De la obra de Borja Campo Alange siempre recuerdo la tensión poética que envuelve La vida epifita (Atlantis, 2012) – novela, por cierto, con uno de los títulos más maravillosos que conozco – y el lirismo de muchos pasajes de Séale la tierra ligera (Neverland, 2014), como aquel en el que se describe a una mujer nadando por el estanque del Parque del Retiro, o la imagen que se hace de Madrid al observarla desde una azotea. Por lo tanto, la publicación del poemario La fábrica (Devenir, 2017) es un paso lógico en el desarrollo de su producción literaria.

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Borja Campo Alange es un escritor de corta distancia – sus novelas no son extensas, como tampoco lo es su poemario -, pero, como los buenos velocistas, sabe sacar partido a sus segundos sobre el tartán para conseguir que el lector se sienta absorbido por su literatura, que combina elegancia y sencillez con una intelectualidad que apela a la trascendencia. Efectivamente, Campo Alange es uno de esos autores que siempre nos invita a ver más allá de la materia, a buscar los aspectos aparentemente soterrados de la existencia, aquellos que  están allí y que incluso miramos, pero que no nos decidimos a ver.

Así sucede también con La fábrica. El poemario es una conminación a ver más allá, pero también una historia sobre la búsqueda del yo verdadero, de lo que late en nuestro interior y que a veces no nos atrevemos a escuchar ya sea por los condicionamientos sociales o por el miedo; pero ese yo se transforma y es difícil precisar su plenitud, por eso, quizá, la lección que Borja Campo Alange nos propone es que sepamos al menos identificar las inercias de la vida, que tengamos la honestidad de enfrentarnos a ellas, y elegir lo que realmente queremos ser:

Más no querría cama en otro silo.

Y no querría muerte en otra vida.

Y no querría sal ni secadero

Sin tu certeza

 

Tan solo en esta fábrica de versos

En la que espero, y tú me esperas, y nos

Cierne el sentido último, estar quiero,

Solo, tú yo.

Pero la fábrica también es el camino del escritor que se enfrenta a su condición de tal, y a la necesidad de encajarla en una vida material.

RNE
Borja Campo Alange en el programa “El ojo crítico” de Radio Nacional de España

Borja Campo Alange divide su poemario en cuatro partes. La primera, Materias primas, se sirve de la infancia, de lo puramente sensorial, para advertir la trascendencia de todas las cosas. En el poema La ineluctable infinitud del ser, ya nos anuncia esta trascendencia:

Saben que hay hombres

Desde cuyos mundos sentenciados se han alumbrado

Grandes hechos,

Acontecimientos

Que se prolongan en la constelación de nuestra historia.

Después se nos habla de la psicología como ciencia del alma, de la magia de las llaves magnéticas, y el poema de María: Cualquiera puede ver el mundo con los ojos. Solo hay que dejarlos hacer. Es fácil, porque el ojo es el órgano sensorial más directamente conectado al cerebro. Eso me habían enseñado: y de repente, María. Un ejemplo de cómo la materia puede ser superada.

Tras estos elementos básicos, esta exposición de materias primas, llega la segunda parte del poemario: Transformación. En él el ser humano, el escritor, debe atreverse a elegirse a sí mismo o dejarse arrastrar por la inercia. Metáfora de uno de los dramas humanos más comunes y de los que menos se habla. Este es el sentido de Curricusía, un relato sobre como una chica se enfrenta a esta elección. Esta lucha se muestra también en poemas posteriores:

Sino por regresarnos a nosotros mismos. Por enfrentarnos

Con nosotros mismos.

Una naturaleza que jalea no puede ser ignorada.

Y sin embargo, ¿quién eres, naturaleza?

¿Quién eres? ¿Por qué nos llamas?

¿Y por qué tus gritos se pierden en el espacio de nuestra

Voluntad

En una sociedad que se obceca en tornarnos extranjeros?

Y en esta transformación, de nuevo la trascendencia. Brillante es el diálogo que termina:

Y en ese instante entiendo que vivimos en el cambio de

dos mundos.

Y que el tuyo es el paréntesis del mío.

Tampoco puede faltar el amor, la mayor fuerza transformadora de todas, a la que Campo Alange también canta: Sin tu amor, muerto, me dejas,/de miedo.

La tercera parte, Productos terminados, trata sobre la ficción de la plenitud. Priman los poemas sobre cosas concretas, sobre detalles “acabados”:

A mis pies el Duero, reflejado en la cristalera, era

como la promesa de algo

concreto, (sinuoso), desconocido.

 

Algunos de ellos, son los más brillantes de la colección, como De hormigas y de Dioses, un poema muy filosófico, con versos extraordinarios: Que nunca cese el arte del presente o Cultura es batalla sin adversarios; y el poema en el que se afirma:

Soy escritor, pienso. Soy un maldito escritor.

La literatura es aterradora. Es como tener la sombra en

coma.

 

Otro poema a destacar es el que se titula con el número fi, de un erotismo elegante muy logrado: sudorosa geometría horizontal (…)/libertad real/si es que existe.

Y así llegamos a la cuarta parte, La fábrica, el lugar en el que se quiere estar.

Y allí estuve y os invito a estar, con los versos de Borja Campo Alange. Una experiencia enriquecedora porque alumbra ese más allá que hay en las cosas que convierte a la vida en vida. Lo que es, en definitiva, la poesía.

Cesare Alcayna

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Nota: La fotografía de cabecera es obra de Demian Ortiz y se realizó para la exposicón, Perdidos. Fuente borjacampoalange.com

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