El mejor escritor de la historia

Quizá sea por la herencia cultural de las competiciones literarias que se desarrollaban en la antigua Grecia, pero existe la tendencia inveterada a clasificar a los escritores señalando quiénes son mejores o peores, quiénes son buenos o malos, y, finalmente, quién es el mejor. Aceptando que existen escritores buenos y malos – y por tanto escritores mejores que otros – puede decirse que alcanzado un determinado nivel, si miramos entre los escritores buenos, decidir quién es el mejor es un ejercicio que en cierto modo puede resultar baladí. Esto es así, entre otras muchas razones, porque convendría plantearse: ¿mejor en qué? ¿mejor para qué? ¿mejor para quién? ¿mejor cuando?

Por supuesto, este artículo no pretende infravalorar ninguna obra ni autor, tan solo invitar a la reflexión sobre esta discusión tan común que, desde aquí, con todo respeto, vemos esteril.

Es famosa la frase de Víctor Hugo de Chateaubriand ou rien! También se conoce la admiración de Dante por Virgilio y rebuscando en hemerotecas puede encontrarse una entrevista a Camilo José Cela en la que el escritor gallego afirmó: primero Quevedo, después yo. Por supuesto, en el mundo de habla inglesa parece que nadie puede atreverse a cuestionar que William Shakespeare es el mejor autor de todos los tiempos. En el mundo hispanohablante se encumbra a Cervantes y al Quijote como la cúspide de la literatura en español.

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Joseph Fiennes como William Shakespeare en Shakespeare in Love (1998)

Parece algo propio de la naturaleza humana realizar este tipo de clasificaciones. Sin duda, es muy útil dar a conocer autores buenos, estudiarlos, escribir y hablar de ellos y por supuesto leerlos y, como no, celebrarlos en festivales y días señalados, en rutas turísticas y en casas-museo que los homenajeen. Sin embargo, decidir quién es el mejor de todos es una tarea que no aporta nada.

Además, hay que tener en cuenta que cuando decimos que Shakespeare es el mejor autor de la historia, habría que precisar, en el mejor de los casos, que es el mejor de la historia de la literatura occidental, ya que no podemos olvidar el resto de tradiciones literarias que también tienen que ser consideradas para formar parte de este curisoso “campeonato” en busca del mejor escritor de todos los tiempos.

Más allá de esta precisión, también hay que ser conscientes de que el autor que reconociésemos como el mejor escritor del mundo lo sería únicamente conforme a nuestro canon contemporáneo ya que quizá dentro de trescientos años prefieran a otro. Si se piensa en cuántas obras de José Zorrilla o José Echegaray se leen hoy en día – y se recuerda que Zorrilla fue una figura muy popular en su tiempo, o que José Echegaray fue el primer premio nobel nacido en España – puede comprenderse muy bien esta mutabilidad del gusto. Respecto a Cervantes y el Quijote se debe recordar que el pobre Miguel de Cervantes tuvo que padecer que se le llamara “el regocijo de las musas”, lo que él lamentó porque entendía que con ello no se comprendía la profundidad de su obra, la cual por fortuna fue reinterpretada, sobre todo durante el romanticismo, de manera muy elogiosa, siendo esta conceptualización la que hemos heredado hoy en gran medida. Por otro lado siempre cabe preguntarse si James Joyce hubiera tenido el mismo reconocimiento en caso de haberse publicado hoy el Ulises o qué habría pasado si  Gabriel García Márquez hubiese publicado Cien años de soledad con cien años de antelación.

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Nicole Kidman como Virginia Woolf en The Hours (2002)

Por otro lado, se puede plantear que el mejor escritor es el que ha tenido más influencia. Esto nos llevaría a desechar a Shakespeare y Cervantes porque quizá tendríamos que remontarnos a Homero, Plauto, Esquilo, Apuleyo; incluso Herodoto o Plutarco. Les llevan miles de años de ventaja. Tampoco podríamos olvidarnos de Dante, Petrarca o Boccaccio, cuyo adelanto se cuenta en varios siglos. Además, sin todos ellos, quizá ni Shakespeare ni Cervantes habrían escrito como lo hicieron. Por tanto, la influencia no parece un buen criterio.

Otra aproximación para encontrar al mejor escritor del mundo consiste en atender al género o las escuelas y movimientos. Quizá Juan Ramón Jiménez sea el padre de la poesía contemporánea en español, como Cervantes lo es de la novela moderna (en este caso quizá más allá del idioma español). Shakespeare fue muy bueno en teatro y poesía, pero no tenemos ninguna novela suya. Después están por supuesto las vanguardias: ¿cómo le habría ido a Shakespeare con el futurismo, o de vivir el mundo que alumbró la Tierra baldía de T.S. Eliot? ¿Existe algún escritor que haya sido absolutamente bueno en todo? Nuevamente, es dificil encontrar una respuesta. No obstante, ¿podría al menos elegirse al mejor autor de cada época? También es difícil. En este sentido, Camilo José Cela no fue el mejor autor de su tiempo, ya que muchos hablarían antes, por ejemplo, de García Márquez. Además – y esto, como todo el artículo, es mera especulación- quizá actualmente de las dos grandes novelas españolas de 1944, Nada de Carmen Laforet tendría más éxito que La familia de Pascual Duarte. Siguiendo con la especulación, ¿hasta dónde habría llegado Carmen Laforet si no hubiese tenido las lamentables dificultades que tenían las mujeres para poder dedicarse a escribir? Recomendamos la lectura de las cartas entre Carmen Laforet y Elena Fortún publicadas por la Fundación Banco Santander para reflexionar sobre las dificultades que mencionamos. Con esto entramos en el debate de cuáles son los escritores con mayor potencial del mundo, truncados por las circunstancias. ¿Y podríamos incluso elegir entre dos autores consagrados que son parejas? Sin duda, podemos decidir si nos gusta más Ted Hughes o Sylvia Plath pero, ¿realmente podemos saber quién era mejor?

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Daniel Craig como Ted Hughes y Gwyneth Paltrow como Sylvia Plath en Sylvia (2003)

Siguiendo con nuestra reflexión, debe tenerse en cuenta que en esta carrera a la cumbre influye el apego a una identidad cultural y eso ya no es solo literatura. Da igual lo buenos que hayan sido Jane Austen, Charles Dickens, Virginia Woolf… Shakespeare será siempre Shakespeare. Es ya un mito, un objeto cultural más allá de su propia obra. Una construcción, en cierto modo, identitaria. Un hecho generalmente reconocido que está ahí, desde hace mucho tiempo, un lugar común en el que toda una civilización se identifica. Pasa algo parecido, aunque quizá en menor medida con Cervantes.

Por otro lado, no nos olvidemos de los expertos. ¿Pueden los académicos y las universidades decidir por nosotros? Sin duda conocen la materia, sus estudios son muy útiles, pero en realidad, ¿tienen derecho a conceder ese honor? ¿A decirle a alguien que lo que le gusta es peor que lo que ellos deciden? Esta idea, guardando las distancias, sería similar a defender el sufragio capacitario frente a la democracia universal. Por lo tanto, no, sin desmerecer sus esfuerzos, no creo que tengan derecho (y además, ¿cómo podrían hacerlo?). Lo mismo sucede con los premios. Sin desmerecer ni a quienes los ganan ni a quienes los convocan, en su concesión pueden influir factores sociales (incluso de socialización en un determinado círculo), políticos o económicos. Esto es así porque así funcionamos las personas y el mundo (uno da premios a quien conoce, a quien se considera que lo que dice es adecuado, o a quien va a reportarme beneficio económico porque soy una empresa y tengo que cuadrar cuentas…) Criterios, por tanto, que no tienen que ver con la literatura.

En definitiva, no creo que debamos perder el tiempo con esta obsesión de determinar quién es el mejor. Desmitifiquemos algunos aspectos del mundo de la literatura. Olvidemos las vanidades y los egos. La gloria literaria es una contrucción cultural banal. No sirve para nada. Disfrutemos de lo bueno, de todo lo que nos gusta, y olvidémonos de competiciones, y si no lo hacemos, que sea un juego, una mera declaración de intenciones, reconociendo las trampas de esta carrera, como las que se han señalado aquí. Y a leer, sobre todo a leer.

¿Qué más da si no puede elegirse al mejor escritor del mundo? Cada uno de nosotros seguro que ha encontrado al suyo o a los suyos, y lo que cuenta es disfrutar de ellos.

Fotografía destacada: Fotograma de la película Sylvia (2003) con Gwyneth Paltrow como Sylvia Plath. Fuente de las fotografías filmaffinity.com

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