En el número 31 de la Gran Vía de Madrid, en lo alto del hotel Hyatt Centric se encuentra la estatua de Diana Cazadora. La descubrí una mañana de agosto al amanecer, mientras paseaba la mirada distraído a la espera de que el semáforo se pusiera en verde.
Era el verano de 2020 y llevaba varios años sin frecuentar la Gran Vía, cosa que sí había hecho en otras épocas de mi vida. La novedad fue muy bienvenida, no solo porque durante la pandemia se agradecía cualquier destello que alejara (aunque fuera un instante) de tanta oscuridad, sino también porque podía apreciarse que aquella estatua tan elegante y hermosa había conquistado con sus flechas invisibles el protagonismo de las azoteas de la calle, al menos para mí.

En mis paseos por la Gran Vía, el número 31 se convirtió en parada obligatoria. Observaba a Diana Cazadora desde distintos puntos de vista y no tardé en advertir el diálogo que entablaba con la escultura de Endimión y el fénix del edificio de enfrente, como si la mano de Endimión se alzara para agarrar una de sus flechas. Con el tiempo descubrí un secreto más: las flechas que a modo de bajorrelieve decoran la acera a la salida del Primark; flechas caídas a los pies del fénix, lanzadas sin duda por Diana entre los ladridos de sus perros.

Sobre Diana ya escribieron Cicerón y Ovidio y podemos verla representada en obras de Rubens o Jean Baptiste Marie Pierre en el Museo del Prado. Sobre Endimión ha escrito, por ejemplo, John Keats. Sin embargo, la clave del misterio del conjunto de estatuas de la Gran Vía y las flechas caídas en el suelo la encontré durante mi investigación para escribir «Ríe el bullicio» (Huerga y Fierro Editores, 2024), mi poemario sobre la Gran Vía.
En una entrevista a Natividad Sánchez, autora de la estatua de Diana Cazadora de la Gran Vía, publicada por eldiario.es, puede leerse:
«Dentro del proyecto escultórico de la Diana Cazadora se desarrolló una nueva historia mitológica, que Natividad y su equipo desarrollaron para justificar que su creación estuviera apuntando a la escultura de la Unión y el Fénix que corona el edificio del Primark, justo enfrente.
«Ella es una Diana femenina y enamorada», explica antes de detallar que, en su imaginación, intenta clavar una flecha al fénix que lleva en su lomo a Endimión, un joven pastor que ella visitaba a escondidas cada noche, al bajar de la Luna. Su amor prohibido -Diana debía ser casta- llegó hasta oídos de su padre, Zeus, quien envió al ave fénix para que secuestrara a Endimión y lo mantuviese oculto durante toda la eternidad.
Pero el fénix necesita regenerarse una vez cada 400 años, y ese día es el que ha de aprovechar Diana -acompañada de sus fieles perros- para dar muerte al ave con su arco y recuperar así a su amado para toda la eternidad. La estatua de Gran Vía capta justo ese momento, el del lanzamiento de la flecha con el que salvará -¿o no?- a Endimión.«

En «Ríe el bullicio», escribo:
«Diana,
mis ojos te observan al amanecer,
cuando el sol te busca
para afinar su destello
y reverberas con la ceguera
del día
que aguarda entre la luz azul.
Mi secreto es mirarte.
Robar la abundancia
de tu presencia,
porque cada cuerpo que se ama
es una aparición
que tiembla en el reflejo
de su despedida.»
Son versos de un poema fantástico sobre una historia de amor que comienza diciendo: «Es más fácil detener la lluvia sobre Madrid / que amar a una mujer de bronce».
Con este poema me atrevo a desarrollar también el mito de Diana Cazadora, en la Gran Vía.
Cesare Pría
Nota: Todas las fotografías son mías.